La Importancia de la alimentación 2


Y ya no digamos las depresiones y tragedias personales (infelicidad y desajustes alimentarios) que este desastre ha generado, aparte de las enfermedades relacionadas con el progreso y el estilo de vida, enfermedadenfermedades que se producen con más frecuencia en países industrializados.

¡La falta de grasa engorda!

Hace poco asistí a una conferencia de Isabelle Robard sobre la alimentación y la epidemia de obesidad en los países desarrollados en la que mediante un gráfico presentó el paralelismo absoluto existente entre el incremento del consumo de hidratos de carbono en Estados Unidos desde hace cuarenta años y el incremento de la obesidad.(1)

Según Walter Willet, jefe del Departamento de Nutrición de la Escuela de Salud Pública de Harvard, una de las universidades americanas más brillantes, al que citó: “La comunidad científica ha contribuido a la epidemia de obesidad al transmitir el mensaje de que sólo se deben evitar las calorías que proceden de las grasas, lo que ha llevado a mucha gente a creer que podían consumir cereales en cantidad”.

Isabelle Robard nos enseñó otro gráfico aún más llamativo, realizado a partir de un estudio norteamericano sobre la relación inversamente proporcional entre el consumo de grasas y la obesidad: cuantas menos grasas se consumen, ¡más se engorda!, ya que siempre se tiene hambre, puesto que las grasas desempeñan un papel fundamental en el metabolismo.

La invasión de productos “con poca grasa” (aunque cargados a menudo de sustancias químicas) ha hecho que los estadounidenses tengan hambre, y por lo tanto, se pongan a consumir más cereales, azúcar y bebidas azucaradas, con los consiguientes resultados desastrosos para su nivel de glucosa en la sangre. El páncreas ya no es capaz de generar toda la insulina necesaria y las células del cuerpo desarrollan una resistencia hacia ella. De ahí procede la epidemia de diabetes, y las enfermedades que la siguen.

Europa sigue el mismo camino

Europa no está a salvo. Ni siquiera los países que disfrutamos de la famosa “dieta mediterránea”. Aunque hayamos resistido un poco más, hace tiempo que en España han saltado también las señales de alerta en forma de espectaculares incrementos en los casos de sobrepeso (incluso infantil), diabetes, etc. Y mientras tanto, quienes deberían velar por nuestra salud siguen empeñándose en que huyamos como de la peste de las grasas y en su lugar nos atiborremos a cereales.

Como resultado, millones de madres de familia les dan a sus hijos copos de maíz y arroz inflado en todas sus variedades (chocolateados, enriquecidos con miel…) con toda su buena intención, mientras que desde el punto de vista de la nutrición tiene el mismo efecto que darles terrones de azúcar.

Podría pasarme horas y horas escribiendo del tema; por ejemplo, del hecho de que no exista ningún estudio científico que haya permitido relacionar la cantidad de grasas consumidas y el nivel de colesterol en la sangre (como mínimo el 75% del colesterol se produce en el propio cuerpo), o de que dejar al cuerpo en situación de “hambruna” imponiéndole regímenes hipocalóricos hace que se ponga en modo “ahorro” y acumule grasa precisamente como previsión ante los tiempos difíciles que se avecinan.

Dos reglas sencillas para elegir los alimentos

A día de hoy resulta por tanto complicado fiarse de nuestro propio sentido común para elegir correctamente los alimentos. Según el bioquímico Thierry Souccar, nuestro especialista en nutrición, un buen método para elegir los alimentos es comer aquellos que tienen:

Una menor densidad calórica, es decir, un número reducido de calorías por gramo. O dicho de otra manera: elija las uvas antes que las pasas.

Un índice glucémico bajo. El índice glucémico es la velocidad con la que un carbohidrato se transforma en glucosa durante la digestión. Cuanto más elevado sea el índice glucémico, más radical será el aumento del nivel de glucosa en la sangre, y el páncreas tendrá por tanto más problemas para controlarla.

Lo interesante de estas dos pautas es que nos permiten comprender por qué las palomitas, que son tan ligeras, en realidad resultan tan negativas para la salud. La razón es que el número de calorías por gramo es muy alto, y ya no digamos si están azucaradas. De ahí la sensación de malestar que nos sobreviene al comer demasiadas.

Controlar el índice glucémico (IG) es complejo. Por ello Isabelle Robard aboga por obligar a los fabricantes de productos alimenticios a que lo indiquen en las etiquetas de sus productos.

Nunca antes nos habíamos preguntado por ello, por lo que era imposible imaginar que los alimentos feculentos tuvieran un índice glucémico muy alto, o dicho de otra manera, que se transformaran tan rápido en azúcar puro en nuestro cuerpo.

Los alimentos con un IG elevado (>70) son las patatas, el pan, las pizzas, el arroz blanco, el arroz inflado, las galletas, las barritas de cereales, los cereales del desayuno, las palomitas, las barritas de chocolate, etc.

Los alimentos con un IG bajo son la mayoría de las frutas y verduras, los cereales integrales, el arroz basmati, algunas galletas, la pasta, las nueces y avellanas, la carne y el pescado.

Por supuesto, las verduras son el mejor alimento y deben representar nuestra base alimenticia, sobre todo las verduras de colores (brócoli, lombarda, canónigos, rúcula, etc.), que además de un índice glucémico bajo tienen también una densidad calórica menor.

Las dietas de IG bajo son las que nos permiten adelgazar y, lo que es más importante, mantenernos en ese peso.