La importancia de la alimentación 1


Una idea simple sobre la alimentación

Como sobre las dietas ya está todo dicho, yo había decidido quedarme al margen de cualquier discusión.

Sin embargo, a fuerza de prestar atención a esas discusiones, creo que hay una idea que sin duda merece ser transmitida por encima de todas las demás: una buena alimentación es aquella que es buena tanto para el cuerpo como para la mente.

Si la dieta que está siguiendo le hace sufrir, mental o físicamente, va por mal camino.

Su objetivo debe ser conseguir sentirse bien después de cada comida. Si se encuentra hinchado, ligeramente empachado, con principio de dolor de cabeza o con muchas ganas de dormir, probablemente no haya comido como debía.

A la inversa, si al terminar de comer está aún muerto de hambre y de mal humor, tampoco es buena señal.

Y finalmente, si una hora después de comer vuelve a tener hambre, nos encontramos ante otro problema. Por lo general debería estar haciendo la digestión y el hígado estar trabajando. Comiendo lo correcto no hay razón para que su cuerpo le reclame comida de nuevo tan pronto.

En resumen, como pasa con cualquier tipo de placer, al sentarnos a la mesa nuestro objetivo no debe ser sólo la satisfacción mientras dura la comida. Elija alimentos que le gusten y que satisfagan su apetito sin atascar el sistema digestivo, ni dejarlo a punto de reventar.

No es tan difícil.

El cuerpo sabe lo que es bueno para él

No deberíamos darle muchas vueltas. Nuestro cuerpo sabe de sobra lo que le sienta bien y lo que no. Sabe perfectamente que, cuando tenemos hambre, nos abalanzaríamos sobre una bolsa de patatas fritas y no dejaríamos ni una… pero también sabe que cuando nos la hemos terminado nos queda una sensación desagradable (una mezcla de “he comido demasiadas” y de “me comería otra bolsa”). Y por supuesto sabe que, por mucho que le gusten las patatas fritas, sería impensable alimentarse sólo de ellas.

Y lo mismo pasa con todos aquellos alimentos ante los que caemos rendidos, desde barritas de chocolate a pizzas y hamburguesas. La sensación de “placer” al ingerir el alimento es rápidamente reemplazada por una sensación de hastío cuando ya lo hemos comido.

El cuerpo nos está lanzando señales extremadamente claras de que no aprecia el capricho que le damos.

En teoría, el problema de la alimentación se podría solucionar entonces fácilmente: bastaría con buscar sentirnos lo mejor posible al terminar de comer, y seleccionar los alimentos en consecuencia.

Sin embargo, nuestra respuesta “natural” ante la alimentación ya no es tan natural y no podemos fiarnos de ella.

Desconfíe de los cereales

El ser humano lleva millones de años comiendo frutas, bayas, raíces, plantas varias, frutos secos, carne de caza, pescado, crustáceos... Queramos o no, estamos hechos para esa dieta.

Con la aparición de la agricultura en el Neolítico (hace 10.000 años, es decir, hace nada como quien dice…), el hombre comenzó a consumir glúcidos, presentes en los cereales, en gran cantidad.

La digestión transforma rápidamente los hidratos de carbono en glucosa, una sustancia que el cuerpo asimila mal. La glucosa puede incluso convertirse en veneno mortal para el organismo si sus niveles en la sangre son excesivos.

Por suerte contamos con el páncreas, que inyecta insulina en el cuerpo cuando nota que el nivel de azúcar está aumentando. La insulina abre las “puertas” de nuestras células, que absorben glucosa hasta que su nivel en la sangre vuelve a ser normal.

Asimismo, el hombre lleva mucho tiempo consumiendo cereales de tipo integral, que contienen gran cantidad de fibra, que ralentiza la digestión y, por lo tanto, la absorción de glucosa. Y sigue tomando mucha verdura. En cuanto a los frutos secos, por su alto valor energético, han constituido un alimento importante en todas las épocas, sobre todo entre la población rural.

Sin embargo, la introducción de alimentos feculentos en la dieta a partir del Renacimiento (las judías verdes procedentes de América y después la patata en el siglo XVIII), la Revolución Agrícola y la progresiva industrialización de la agricultura, provocaron una alteración de los hábitos alimenticios, con el consiguiente incremento del consumo de hidratos de carbono.

El consumo de almidón en estado puro (en forma de patata o cereales refinados) ha crecido hasta representar un 60% de las aportaciones calóricas diarias. Es importante saber que el almidón de la patata, por ejemplo, comienza a transformarse en azúcar puro en cuanto entra en contacto con la saliva, hasta tal punto que el nivel de glucosa en la sangre al comer patatas aumenta más rápido que al masticar un terrón de azúcar.

La catastrófica publicidad antigrasa

El desastre alimenticio se aceleró ya en los años sesenta, cuando las autoridades públicas (es de suponer que orientadas hábilmente por el lobby agrícola) llevaron a cabo grandes campañas publicitarias para disuadir del consumo de grasas y animar a tomar aún más cereales.

El descenso del consumo de grasas por parte de la población occidental, así como el incremento del de hidratos de carbono, ha desencadenado la epidemia de sobrepeso, obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares y cáncer que todos conocemos.

Nos encontramos ante la absurda paradoja de que una gran parte de la población está pasando hambre porque evita comer grasas (que son las que nos proporcionan la sensación de saciedad) y poniéndose a hacer dietas que, al ser más ricas en glúcidos, les acabarán haciendo engordar.